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Publicado el martes, 28 de abril de 2015

En ’El Calvario’, escuchar ayuda a combatir el narcomenudeo

La crisis existencial le oprime el corazón por ratos. El trajín ha sido duro y los ojos de Karen siempre están tristes. A los 12 años el maltrato la corrió de su casa en el barrio Alfonso López y terminó en el centro de Cali, abusada y convertida en una trabajadora sexual que calmaba su pena con licor, hasta que el padre de sus hijos la compró.

Desde entonces echó raíces en El Calvario, ese lugar del que la vida se empeña en no dejarla ir. Esa historia, su historia, la tenía atorada en el pecho, pero hace siete años Karen Hurtado decidió contarla a los voluntarios del Centro de Escucha, una herramienta que se convirtió en los oídos de la Fundación Samaritanos de la Calle, que a finales de los 90 llegó para tenderles la mano a habitantes de calle de ese neurálgico sector, donde pululan el abandono, la venta y consumo de drogas, el hacinamiento, la ausencia de espacios recreativos, la delincuencia, pero también el anhelo de algunos de cambiar su vida.

Y ese fue el momento de Karen para aventurarse al cambio. No sabe cuántos consejos escuchó y terminó como operadora comunitaria. "Hicieron que mirara hacia otro lado, empecé a prepararme, pero las oportunidades son difíciles en este lugar", confiesa la mujer, a la que hasta hace poco la venta de drogas le dio para sostener a su familia. Su caso, que no dista de otros incluso más complejos, parece calcado en calles y esquinas de las 30 manzanas que conforman El Calvario, donde el basuco, la marihuana, la cocaína, el pegante y la heroína abundan más que la comida, camuflados entre bodegas de reciclaje, ventas ambulantes y portales de desvencijadas casas.

Casos que esperan ser contados. Y así lo entendió la Fundación, que en 2005 replicó el Centro de Escucha que años atrás había llegado a Bogotá de la mano de la Pastoral Social ante el fracaso de los modelos para abordar a consumidores de drogas en zonas vulnerables.

"Se buscó una estrategia que aproximara a la cotidianidad de la gente y escuchar ha sido un ejercicio valioso para conocer sus problemáticas en busca de solución", dice José Díaz, coordinador del Centro de Escucha en El Calvario, donde anidó la primera experiencia en Cali.

Recuerda que sus beneficios se entendieron y en 2007 esta estrategia tuvo un impulso con la Política Pública para el Abordaje de Consumo de Drogas, pero solo hasta 2012 empezó a contar con presupuesto de la secretaría de Salud. Actualmente, en la ciudad funcionan centros de escucha en El Calvario, San Judas y Santa Elena, operados por Samaritanos; en La Sultana, Potrero Grande y El Retiro, a cargo de la Corporación Viviendo, y en Vista Hermosa, Las Orquídeas y Comuneros, operados por Caminos.

En mayo Samaritanos abrirá un centro en Floralia, donde la violencia arrecia. Contra el narcomenudeo Las bondades de esta estrategia fueron observadas por el ministerio de Justicia y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), que la seleccionaron junto con nueve experiencias regionales de intervención en 'ollas' y sitios de alto riesgo de expendio de drogas del país, como alternativa de prevención a la vinculación al narcomenudeo. "Pensaron en estos centros para prevenir la criminalidad asociada al microtráfico", explica Díaz.

Martha Paredes, directora Estratégica y Análisis del ministerio de Justicia, dice que al entrar en el terreno del narcomenudeo, que afecta la seguridad ciudadana y la salud pública, se encontró que se adolece de información técnica y por eso se acudió a experiencias que muestran cómo las regiones enfrentan este reto. "En Cali los centros de escucha se encuentran hasta en el plan de desarrollo.

El del Calvario, es modelo internacional, y al conocer esta experiencia el Ministerio pudo evidenciar que sirven para combatir el narcomenudeo", dice Paredes. A mediados del año pasado, en convenio con el ministerio de Justicia, un equipo de profesionales y operadores comunitarios del Centro de Escucha, desarrollaron un proyecto con ese propósito.

Movieron los contactos en el sector y lograron que 30 mujeres y 10 hombres, inmersos en problemáticas como consumo, condición de calle y trabajo sexual, se vincularan a actividades para mitigar el daño del consumo de psicoactivos, para ellos y su entorno.

Así, se formaron en competencias sociolaborales para tener alternativas distintas al narcomenudeo y otros ilícitos, al tiempo que se hizo la caracterización de la problemática. Se encontró que muchos de estos expendedores eran amas de casas, jóvenes y adultos, que por necesidad se convirtieron en campaneros, transportadores y vendedores, pero que están a la espera de un trabajo tranquilo y digno. "El jíbaro, como sea, ejerce liderazgo en el territorio.

De ahí, que se entra en un ejercicio de diálogo para que él y las personas afectadas encuentren alternativas, dice el terapeuta. Martha Gómez, educadora del Centro de Escucha, dice que una década de trabajo de la Fundación facilitó la tarea a pesar del remezón que meses atrás dejó la orden de acabar las 'ollas'. Tras la intervención y el anuncio de proyectos de renovación urbana se estiman en 1.700 los habitantes del sector. Los demás se atomizaron por la ciudad.

La mayoría de usuarios que llegan al Centro buscan solución a la falta de documentos de identidad, salud, educación, restitución de derechos de menores, violencia intrafamiliar, problemáticas ambientales y de convivencia. En ese momento empiezan a construirse puentes de confianza en busca de contrarrestar esas situaciones y de paso el microtráfico. "El proceso ha sido significativo. Con estos programas uno ve otras formas de buscar plata aunque no es fácil", dice Karen, quien ahora en oficios varios busca reemplazar los 10 mil pesos diarios que ganaba por vender 'perico'.

La vida para ella no es sencilla, pues mientras como operadora comunitaria busca sacar a otros del mundo de las drogas, su hijo menor y su nieto, cayeron en ese espiral.

Para fortalecerse mira a Amanda González, de 59 años, quien después de una vida de consumo y venta de sustancias, lleva ocho meses 'limpia', con la esperanza de no caer a pesar del asesinato de su hijo menor. "Fui muy poseída. Gracias a ellos cambié, puse el empeño y lo he logrado.

Me preocupan mis hijos, mis cinco nietos, se que la embarré, pero ahora les digo a los jóvenes que esto no es bueno, es una tortura", dice Amanda. "Con esta experiencia identificamos que para poder intervenir el narcomenudeo se requiere un proceso comunitario, acompañamiento e intervención sicosocial, con personas dispuestas a escuchar y reconocer en ellos, personas con derechos que pueden ser motor de cambio", concluye Díaz, quien confiesa que el medir su impacto no será fácil en el corto plazo, "no sabremos si mermó el consumo o los expendios".

Roldanillo fortalece a las familias

En el norte del Valle, en Roldanillo, 168 familias le apuestan a combatir las drogas. Con auspicio del ministerio de Justicia, avanza el programa Familias Fuertes: Amor y Límites, que busca prevenir el inicio temprano en el consumo del alcohol y las drogas. Con asesoría de Caminos, familias del área urbana y rural, conocen modelos de crianza basados en reglas, afecto y respeto.

El programa está dirigido a familias con niños entre los 10 y los 14 años, que aprenden sobre temas como el consumo de drogas, prevención de embarazo, resolución de conflictos familiares y con sus pares. "Es importante este esfuerzo, pues al igual que los Centros de Escucha, son estrategias que permite alejar a nuestros niños de las drogas.

Para atacar este fenómeno, padres e hijos deben aprender a conocerlas, para desarrollar la capacidad de rechazarlas cuando es invitado por primera vez al consumo", dijo el secretario de Salud del Valle, Fernando Gutiérrez.

PATRICIA ALEY
Corresponsal EL TIEMPO
CALI

Articulo original de www.eltiempo.com/colombia/cali/lucha-contra-el-microtrafico/15642099

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Autor: ODC

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